Ricardo Ray alternaría con el comodón Nelson y sus Estrellas y los infames Graduados de Gustavo Quintero. Y no se iba a sentir bien del todo teniendo al lado a esos que nombro de últimos, meros aficionados. Se habla de ese esmirriado trompetista acercándose al micrófono de Gustavo Quimba Quintero, dándole pautas, una mas alta que la otra, luego por lo bajito, el piano, la clave que se instalaba, la voz del Bobby Cruz desfigurando, subvirtiendo, desde el coro, las boberías del Quintero, toda la banda encima, luego Nelson (que por esa época sonaba con mucha más salsa) ayudando en el golpeteo, en el bataneo, obligando, Nelson y Richie, a improvisar a Los Graduados (¡!). Se habla de la vergüenza pública por la que pasaron los paisas, no les dieron un tiro, no resistieron el quinto empuje, vete a la escuela te digo que tú conmigo no puedes, obligados se vieron a salir de la escena por culpa del piano de la dulzura, pobres diablos, con el culo roto, y eso no fue sino una celebración, barullo y pataneo entre tremendo salsón. “¿Tengo el permiso?”, gritaba Richie, y tres veces le respondieron “Si”, lo tienes hermanito del alma, danos, déjanos tu sabor, y de allí una sola descarga, la emoción que siento cuando te canto, cuando te celebro, -Allí fue cuando se hizo la justificación de esta ciudad –decía Rubén amargo-, Ricardo Ray inventó el mito”.
Pero ya estaban allí los gordos, los cerdos, los censores. No se habían perdido una y no podían ver con buenos ojos que hubiera salido desplazada la medio bandita de Medellín, porque ya se sabe el estribillo: “Colombia: ¡Esta es tu música!”, que quiere imponer hasta la miseria por el hecho de ser autóctona. No podían ver con buenos ojos que Boby hiciera como que iba a sacar el pañuelo y “¡Snif!”, Chuá, saludando a todo aquél que es Abacuá, y los jovencitos vitoreando el descaro, pensando “¿Qué valentía, que onda, que canti de perico, regalarán después de la función?”, fantasías así, y al Boby le gustaban, le gustaba esa inocencia para guaguancó tan raro, que lo aceptaran así, cuándo en Nueva York, con toda la mala propaganda que ya se gestaba, ¿cuándo? Pero aquí le celebraban hasta las plumas si le daba la gana echarlas. ¿Cuándo en Nueva York, machos? “Recuerdos que me traen estos aires –le decía después al Richie, al amigo- de las playas apartadas que nos imaginábamos de mi Puerto Rico, debajo de los puentes y de los subterráneos de Nueva York oliendo a gris e imaginándonos el sol que haría en la lejanía, en mi Borinquen, poniéndonos de acuerdo sobre las bases para el nuevo ritmo ¿Recuerdas? Imaginábamos por no tenerlo, en las cañas, en las palmeras, Riquito, tenemos que seguir viniendo”. Y les cruzaba la mente en línea recta un recuerdo de Nueva York a las 6 de la tarde, que los asustaba y los unía más. “solo que no tires tanto frenetismo”, le aconsejaría Richie, bromeando, como el que habla de lo que menos convencido está. “Pero si lo pide la audiencia, yo lo doy –aseguraría el Bobby-, Y a los que no les guste me les cago encima”. Y se cagó, la pura verdad. Eso no era sino un solo salirse de señoras acaloradas, de señores lívidos de ira, los organizadores: “Saber que íbamos a traer una orquesta de homosexuales y drogadictos, mejor hubiéramos puesto discos”, y las hijas de los organizadores: “Mamá, que es ese Bugalú, eso no se puede bailar, que vulgaridad, se me cae la cara de la pena con Pablito, hacerlo venir desde Bogotá, por qué no salen otra vez Los Graduados, tan divino ¿Gustavito? ¿Por qué no vamos a un Grill a oír El Gavilán Pollero? E Iban saliendo, vacías las mesas privilegiadas, esta rumba la arma el pueblo y va a durar hasta mañana, porque oye: ¿Quieres más Bugalú? Quién decía que no, ¿quién?, cómete ese piano Richie, Por allí dicen que a un empleado del Palacio Municipal le quebraron una mesa en la cabeza.
Tomado de: ¡Que viva la música! - Andrés Caicedo